Caminante no hay camino.....


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miércoles, 2 de marzo de 2011

AUH


Me acordé de Daniela, la alumna de Noveno que hace unos años hizo frente a su embarazo solita y sola. Me acordé de Cintia y Marcelo que tienen unas abuelas, ambos dos, que los contienen y que los ayudan a seguir con el embarazo. Me acordé de Paula, que después del nacimiento de su bebé terminó el Cuarto año y planea ser enfermera profesional. Me acordé de Cecilia, que dejó el Tercero porque va a ser mamá.
Algunas con una familia que las acompaña al hospital público. Algunas que van solitas. Algunas que no van....
Y entonces. Si esta ampliación de la AUH a las embarazadas a partir del tercer mes no es un salto cualitativo en la redistribución de la riqueza, díganme, muchachis, ustedes que saben tanto, qué es.
Algunos dicen: es una medida antiaborto. Otras dicen: ahora conviene quedar embarazada y no trabajar como maestra. No falta quien agregue: nadie va a querer trabajar porque todo les llega de arriba.
Pero si vos estás todos los días con las patitas en el barro. Si ves la preocupación de estas mamás adolescentes para hacerle frente a todo con sus hijos a cuestas. Si te das cuenta de que, al principio, las mamás protestan por las exigencias en salud y educación que les pone la AUH, pero que las cumplen, y simultáneamente se educan. Si te percatás que el Estado hoy está más presente que nunca, atendiendo a aquellos que por mucho tiempo fueron personas y nunca ciudadanos.
Si te das cuenta de que cada vez hay menos diferencias entre los bebés que nacen del lado de acá o del lado de allá de la pobreza. Si sabés que esas voces que se alzan hablando de la burocracia, y de que no llega a todas, y de que no se cobra, son las voces de quienes estarían gustosos de que ahí no pasara nada para poder seguir engañándonos con sus cantos de sirena y sus utopías desflecadas.
Bueno, si se te abrió la cabeza, como a mí ayer cuando la Presidenta anunció la medida, ya sabés.
Igual que la madrugada en que se aprobó la Ley de Matrimonio Igualitario: a mí me parece que estamos amaneciendo en un país mejor. Y mejor quiere decir mejorable. Y mejor quiere decir NUNCA MENOS....

martes, 17 de noviembre de 2009

Verano del 58

Foto en la playa de Necochea. Vacaciones de un ferroviario y su familia...Y mi último verano de analfabeta.
Porque a partir de esa sonrisa feliz a la orilla del mar, se iba a abrir el camino maravilloso que aún sigo caminando. Ahí, metida en el agua salada, contenta con mi papá al lado, todavía me faltaba llegar al derecho fundamental de todos los chicos: leer y escribir.
Yo me miro y me veo así, quizá ansiosa, quizá asustada, pero nunca indiferente. Ya los Reyes, que en nuestra niñez eran de lo más prácticos, me habían traído el guardapolvo y el portafolios de cuero. Ya estaba instalado en mi casa el libro Upa. Ya mi mamá había encontrado una maestra que durante febrero me iba a enseñar a leer y escribir con el libro Pimpollito. ¡Porque era todo un bajón entrar en Primero Inferior sin saber nada!.¡Qué iban a pensar de la familia de esta piba que no sabe leer! Y porque yo no le daba ni cinco de pelota a mi vieja cuando pretendía enseñarme las letras.
No me acuerdo mucho de esas, mis últimas vacaciones analfabetas. Salvo el olor del aceite bronceador, la arena que picaba y los negocios de la rambla vieja. Debemos haberlo pasado muy bien, a excepción de mi hermano, que gritaba como cerdo en camino al matadero, cada vez que lo acercaban a diez metros del agua.

Seguramente la pasamos muy bien...

Pero de lo que sí estoy segura hoy es que ese fue el último verano sin la magia de la lectura, sin el placer de la escritura. En los veranos que vinieron después ya estaba prohibido aburrirse. ¡Cómo te ibas a aburrir si no te alcanzaba la vida para leerte todo lo que se te cruzaba!
Hoy me miro ahí, a la orilla del mar con mi viejo, tan feliz, tan inconsciente, tan naturalmente analfabeta que dejará de serlo porque así debe ser...
Y se me ocurre que así es como se ve un derecho, esa es la esencia de un derecho: no se discute, no se nota, es casi natural. Está ahí, debe estar ahí como el agua, como la arena, como el sol.

Así son, así deben ser los derechos de los chicos, en estos tiempo en que algunos cacareadores se la pasan hablando, y sólo hablando de ellos.
No hay que hablar tanto. Alcanza con hacerlos cumplir. Saber que todos los chicos puedan estar así, despreocupadamente analfabetos que van a dejar de serlo, porque hay un Estado que les garantiza que sí, que efectivamente, que van a dejar de serlo. Tan tranquilamente analfabetos porque saben que tienen las puertas abiertas de la educación pública.
Porque no otra cosa, creo, es un derecho...Que todos, después de pasados los años puedan escribir lo que yo les escribí a mis compañeros de Primero Inferior cuando nos encontramos siendo ya unos cincuentones:

"Aquellos niños del 58, que, con seriedad solemne, mojaban sus plumas cucharita en los tinteros del pupitre, para escribir trabajosamente su nombre y apellido en un cuaderno que debía ser, pese a todo, impecable. Aquellos niños del 58, que se acomodaban frente al fotógrafo en el patio de la escuela, para que todos supieran lo que ellos ya sabían: el mundo hasta entonces inaccesible de las letras y los números, la cultura, la identidad, se lo estaban empezando a meter en el bolsillo."
Aquellos niños del 58, educados en la escuela pública, que crecimos y fuimos, algunos, muchos, la generación del 70 que quería cambiar el mundo. Porque, sí, de alguna manera quizá inexplicable, de esa escuela pública, nos venía el conocimiento de saber y ejercer qué era un derecho.